SIEMBRA VIENTOS...
Por Julio Archet
Publicado el 23-09-2001
Ayer Pearl Harbor... Hoy las torres gemelas. Triste destino el del
gigante dormido que eternamente debe responder a la agresión terrorista e
irracional. Y su reacción no tarda en producir cambios fundamentales en esta Humanidad
dependiente y atemorizada. Pero la historia es inflexible al momento de exponer
los hechos. Ayer ellos mismos urdieron planes nefastos... Hoy, ¿por qué no
habrían de hacerlo?
Es día Martes... Me dispongo a escribir la nota de
este domingo. Ha pasado una semana de reflexión y prolijo -o al menos así
intentado- ordenamiento de mis abollados pensamientos. Sucede que uno muchas
veces se deja llevar por broncas y temores disfrazados de opinión descarnada y
entra en terrenos verdaderamente espinosos en los que jamás hubiera intentado
penetrar si la razón primara por sobre el sentimiento puro.
No es mi intención intelectualizar semejante acto de
barbarie. La parálisis de pensamiento que invade a cualquier bien nacido frente
a tal acción teñida de locura es la consecuencia normal al querer explicar lo
inexplicable.
Me debato entre teorías. Escucho opiniones. Leo lo
escrito por expertos. Intento fundamentar una posición... pero el vacío frío y
tendencioso me chupa en su remolino de dudas. Me he definido muchas veces como
un “visitante temático”... un simple invasor que hace uso de su opinión como
herramienta de reflexión. Acostumbro, por lo tanto, a meterme en ciertos temas
que ni por asomo forman parte de mi formación profesional, pero que sí empujan
mi curiosidad y me obligan a movilizar los dedos en el tablero de la compu. Y
me deslizo por el tobogán de las palabras, con resultados -a veces- hasta
risueños, pero llenos de sinceridad y buenas intenciones.
No quiero ocupar más espacio en aprontes, porque esta
carrera merece un jinete bien montado y decidido a arribar a la meta al menos
entero y con ganas de seguir compitiendo. Presiento que se derrumbó Occidente y
quedaron retorcidas sus estructuras aparentemente sólidas. Creo que esa
infernal nube de polvo sepultó demasiadas seguridades y tranquilidades como
para hoy seguir pensando en lo bello que es vivir en esta sociedad. Se han
movilizado los cimientos de nuestro occidental y cristiano modo de vida... y
estoy tratando de entender porqué.
Siembra
vientos... y cosecharás tempestades.
Me retrotraigo a la década del setenta.
Como adolescente universitario sumé mi grito al de una mayoría harta de
atropellos. Joven al fin y con la sangre en ebullición, fundamenté mi bronca
hacia los “yanquis” porque representaban un estilo de sociedad “sanguijuela”
que no era precisamente de mi agrado... y aún pienso igual, a pesar que los
años enfriaron (un poco) esa temperatura de pensamiento y acción.
Lo cierto es que tengo la sensación que estos buenos
amigos viven dentro de una película de acción guionizada y filmada por ellos
mismos. Su autodefinición de “chicos buenos”, la que defienden con dientes,
uñas y misiles, los autopropone como la mejor solución a todos los problemas de
Occidente, claro que sus métodos distan mucho de ser coherentes con algo que
conocemos como PAZ.
Característica sobresaliente fue su eterna actitud de
“salvadores de la humanidad”, sólo que al momento de decidir, sus conclusiones
se alejan diametralmente del diálogo y la calma. Apuntan y disparan... luego
arguyen y justifican.
Nuestros hoy “comandantes aliados” esgrimen su
paternalista papel de “guardianes” con la precisión de un mono con navaja.
Están abriendo un grifo difícil de cerrar que bien puede llenar este recipiente
al límite del ahogo. Pero, ¿quién le pone el cascabel al gato? Del otro lado
está la figura del despotismo, la inercia histórica y la locura terrorista.
Imágenes de un místico universo cuasi detenido en el tiempo se superponen con
la civilización y el progreso, poniéndonos en la comodidad de elegir vernos
representados en uno de esos mundos y la respuesta no tarda en arribar... todos
queremos permanecer en éste. Claro que de allí a entender las razones “del otro
lado” y aceptarlas como válidas es como pretender que el hilo de la comprensión
se estire sin romperse.
Pero lo cierto es que “los boy´s” han sido hábiles
manipuladores de la teoría del caos y eternos propugnantes de que
solamente con el uso de su indescriptible tecnología bélica es posible llegar
al fin de cualquier conflicto. Y comienzan con lo que luego se transforma en su
cine de autocrítica (Vietnam a la
cabeza). Son una sociedad enferma de triunfalismo que hoy por hoy está como
pollito mojado acurrucado y temblando en un rincón, pero a sabiendas de que una
vez seco y recuperado, puede ser un águila con alas de acero y pico de titanio
dispuesta a desgarrar a quien se ponga a su alcance. Y está a punto de iniciar
su vuelo...
¿Es bueno obrar
por venganza?
Se supone que en Oriente prima la
violencia y una intención de castigo hacia el Occidente pecador. Al menos esa es la imagen que los medios proponen como
válida. Ellos son los irracionales... Nosotros los “buenos de la película” a
los que se pretende destruir. Ellos atacan... Nosotros nos defendemos... Ellos
son los equivocados, nosotros escribimos con letra de molde la palabra AMOR.
Hasta aquí todo es poesía... pero cuando
de demostrar cordura se trata, la mejor respuesta del gigante es levantar su
pié y aplastar sin piedad. Está dispuesto a utilizar los mismos (o peores)
recursos que su enemigo aunque las consecuencias parezcan salidas de un film de
ciencia ficción futurista. Los adalides de la paz y la comprensión ponen en
funcionamiento la maquinaria bélica más infernal jamás conocida por el hombre
movidos por la sed de venganza y... ¿son mejores por eso?¿Son más justos y
equilibrados al actuar así? Nadie les pide que pongan la otra mejilla...
simplemente, rogamos que no comiencen a abofetear a diestra y siniestra movidos
por el odio.
Los eternos atacados.
¿Será que eso de “la historia vuelve a
repetirse” renace con visos de verdad? No soy un ducho en historia
contemporánea, pero tengo algo de memoria producto del recuerdo de hechos que
dejaron marca en mi vida. Un hito en este camino es, sin dudas, el ataque
japonés a la base Pearl Harbor, en el año1941.
La recuperación económica que Roosevelt
intentaba terminar se derrumbaba. La única manera de sacar totalmente la
economía de la depresión sería la participacion de los EE.UU. en una guerra importante. Roosevelt y sus
mentores, los banqueros internacionales, “deseaban” la guerra. Un sondaje
Gallup de 1940 mostró un 88 por ciento de los estadounidenses oponiéndose a
entrar en la guerra europea. Los ciudadanos consideraban que la participación
de los EE.UU. en la primera guerra mundial no había contribuido a construir un
mundo mejor. En 1940 (año de elección) un discurso de Roosevelt había sido
preciso y determinante: “Tengo dicho esto
antes, pero lo diré repetidas veces y otra vez: sus hijos no van a ser enviados
a ninguna guerra extranjera”. La mejor manera de engañar las masas era provocar un ataque.
Desafiar a Alemania no resultó. Durante
los primeros días de la II Guerra Mundial fueron numerosas las provocaciones a
Alemania: congelar sus activos; enviar 50 destructores a Gran Bretaña, etc. Los
alemanes no tomaron represalias. Sabían que la entrada de América en Ia primera
guerra mundial había cambiado el equilibrio contra ellos, y evitaron una
repetición de escenario.
Fracasado este intento, el siguiente
objetivo fue provocar a Japón.
Comenzó con los boicot´s y los embargos a Japón (acero, carbón, y petróleo).
Los EE.UU. arrinconaron a Japón y éste no vio ningún otro camino de escape que
obrar con criterio imperialista. Intentó entonces tomar las minas de hierro de
Manchuria y de los campos de petróleo y de carbón de Indonesia para hacerse
autosuficiente.
El 26 de Noviembre -apenas 11días antes
del ataque japonés- los EE.UU. entregaron un
ultimátum que exigió, como requisitos previos para comercio reasumido, que
Japón retirara todas las tropas de China y de Indochina. Los japoneses entonces
cristalizan su tratado tripartito con Alemania e Italia.
Un Memorándum del Departamento de Estado
sobre las consecuencias de la expansión japonesa dictado en 1940 confirma
actitudes: "Nuestra postura
diplomática y estratégica general se debilitaría en gran medida por la pérdida
de nuestros mercados en China, India y el Pacífico Sur (y de gran parte del
mercado japonés, si Japón se vuelve más autosuficiente), y por la pérdida de las
fuentes de caucho, estaño, yute y otras materias primas esenciales en Asia y la
región oceánica".
El cebo ofrecido a Japón era la flota de los EE.UU. en el
Pacífico. Pearl Harbor era vulnerable al
ataque, siendo accesible de cualquier dirección. Los EE.UU. quebraron el código
diplomático secreto de Japón en 1940. Roosevelt sabía que los japoneses iban a
atacar Pearl Harbor. Washington hizo todo para
facilitar el asalto japonés, a excepción de las armas estratégicas:
portaaviones esperaban con seguridad a millas de distancia. Dos mil quinientas vidas eran sacrificadas
para hacer que la aceptación de la guerra por las “ovejas” fuera un hecho.
Y así fue...
El domingo 7 de diciembre de 1941, la
noticia recorrió el país y el mundo: la marina japonesa atacó la flota
estadounidense anclada en la base naval de Pearl Harbor, Hawai. El ataque duró
dos horas y destruyó cuatro viejos acorazados y otros buques de guerra.
Inmediatamente, el presidente Franklin Roosevelt anunció que Estados Unidos se
lanzaría a la guerra, una guerra de autodefensa contra la perfidia y el
expansionismo del imperio japonés. Dijo: "Nuestro
pueblo, nuestro territorio y nuestros intereses están en grave peligro... He
pedido que el Congreso declare que desde que Japón lanzó este cobarde ataque
sin provocación alguna el domingo 7 de diciembre, ha existido un estado de
guerra entre Estados Unidos y el imperio japonés".
La meta de la guerra que se comenzaba a
librar en el Pacífico era conquistar colonias, explotar recursos y mano de obra
e imponer dictadores títeres. Estados Unidos libró la guerra de una manera
genocida y reaccionaria. Pintó a los japoneses como un pueblo de fanáticos y
viles infrahumanos que merecían la extinción.
¿Los intereses de quién?
Tras la guerra, Estados Unidos proclamó
el "siglo americano" e instaló más de 400 bases militares por todo el
mundo para amenazar e intimidar. Ocupó a Japón, su rival derrotado, y le
arrebató la mitad de Corea y Okinawa. Maniobró para dominar a China, volvió a
conquistar Filipinas y tomó muchas islas y archipiélagos del Pacífico. Pero eso
no le bastaba. También se estableció como principal potencia imperialista en
muchas zonas que pertenecían a sus
propios aliados, como Indochina (colonia de Francia), Indonesia (colonia de
Holanda) y Malasia (colonia de Inglaterra). Centenares de millones de personas
quedaron bajo la bota de un nuevo opresor, que les ofreció un futuro de
talleres de miseria, ocupación militar, explotación sexual y dominación
financiera. Algunas islas "liberadas" por la Infantería de Marina
pasaron a ser terrenos de prueba de armas nucleares francesas y
estadounidenses.
Más cerca aún, la Guerra del Golfo
Pérsico, Somalia, las llamadas guerras antiterroristas y antiguerrilla, las
sucesivas guerras de los Balcanes, las dos guerras del Cáucaso, las guerras al
narcotráfico..., todas ellas se legitimaban como la puerta abierta a un nuevo equilibrio
planetario que dejaba a sus espaldas las insoportables tensiones
psicológicas y políticas de un sistema internacional bipolar, sostenido bajo el
principio disuasorio del holocausto nuclear.
La justificación de un orden.
En Bagdad se eliminó un potencial de
destrucción masiva supuestamente único. En Kosovo se restableció la sociedad
civil multiétnica. En los ataques a objetivos terroristas, lo mismo se trate de
arruinados campesinos colombianos, pueblos kurdos sometidos a décadas de
persecución etnocida o aldeas de Afganistán asoladas por el militarismo
soviético, se trata siempre de eliminar amenazas a la paz global.
Estas guerras son en sí mismas sistemas de una paz mundial. Están
dotadas de un orden tecnológico, jurídico y moral que las justifica, no importa
si su finalidad y la magnitud de su destrucción masiva sean transformarse en
una zona de futuras inversiones de la industria energética, la ocupación
militar de una región globalmente estratégica, o la eliminación de la
resistencia de pueblos enteros política y económicamente reducidos a la
categoría de masas humanas tercermundistas y, por consiguiente, funcionalmente
desechables.
A lo largo de la Guerra Fría, la
disuasión nuclear llegó a eclipsar bajo la magnitud inimaginable de su
potencial destructivo técnicamente posible las guerras de alcance regional e
incluso intercontinental. Mientras los dos super-estados atómicos rivales
concentraban sus energías en el almacenamiento de ojivas nucleares, esta
virtual inviabilidad constituía precisamente su gran coartada. Claro que esta
coartada del holocausto global de la humanidad era falaz. Bajo su principio se
negoció precisamente una serie ininterrumpida de guerras altamente letales, de
la que Vietnam sólo constituyó un emblemático ejemplo.
Desde tiempos inmemoriales, Estados Unidos está acostumbrado a
invadir y bombardear tierras ajenas (Nicaragua, Guatemala, Vietnam, Granada,
Panamá, Irak, etcétera) y esa soberbia tiene su fundamento en el hecho singular
de que su territorio nunca ha sido invadido ni bombardeado... hasta hoy. Y
encima, hay un estímulo adicional. Los últimos movimientos de la Unión Europea,
con su creación del euro y otras medidas de coordinación comunitaria, es
probable que hayan causado un fundado temor en los grandes capitalistas
estadounidenses: que semejante sacudida les hiciera perder el férreo control
económico y financiero que siempre han ejercido sobre la Europa occidental. Y
esto sería el justificativo ideal para intentar un golpe “maestro”. Luego de lo
antes expuesto, ¿se puede inferir como algo descabellado un autoatentado para
justificar causas y comenzar de nuevo con el delirio belicista?
La dureza y precisión del ataque y lo
efectivo de la reacción popular mundial, sumados a la exigencia de “aliarse” o
quedar en la vereda de enfrente oculta sutilmente un temible signo de
interrogación que me está aplastando lo poco que me queda de cordura. En 1940
la “necesaria” guerra justificó 2.500 víctimas... Hoy, ¿cuántas son las que
justifican tanta locura?
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