De cuando
la fidelidad a la vida te acerca a la muerte.
SOY LO QUE DOY.
Por Julio Archet.
Después
de cuarenta y nueve años de vida y más de un chichón, no debería llamar mi
atención ser blanco de algún molesto por mi proceder. Es que mis actitudes se
encuadran dentro del espectro visible de la VERDAD y no puedo evitar luchar por
ella. Y si la consecuencia es el riesgo, lo prefiero a la comodidad de lo
establecido, porque no soporto ser oveja en el corral de los ineptos. Por este
medio agradezco a quien quiere matarme por recordarme quién soy.
La eterna lucha entre el bien y el mal...
¿De qué lado se debe estar? Respuesta sencilla para quien fue educado en la Paz
y el trabajo diario honrado como único mecanismo de subsistencia para sí mismo
y los suyos.
¿Es indispensable llevar una existencia
tibia y despreocupada o, como hicieron todos aquellos que han intentado empujar
el carro del progreso, nos “jugamos” a ir un poco más allá y nos comprometemos
con proyectos, ideales y el más infinito de los etcéteras?
El que escribe esto ha llevado una
existencia plagada de intentos de cambio. Algunos vieron la luz. Otros, tan
siquiera quedaron en el tintero de las ideas. Pero de lo que no me arrepentiré
jamás es de haber intentado avanzar en el camino de mis instintos.
El tobogán de la incertidumbre me vió
muchas veces caer a velocidad de tiempo... pero ese vértigo no amedrentó mi
espíritu. Siempre intenté ser fiel a mi visión de la vida. Equivocada o no, es
MI VISIÓN.
Mente
demente.
¿Que significa estar loco en este mundo
de cuerdos que se están autodeterminando un futuro negro y con escasas
esperanzas? En lo personal, prefiero la libertad de la locura a la cárcel de la
cordura. Porque lo establecido no forma parte de mi partitura. Mi música suena
libre de ataduras y corre al ritmo de los tiempos. Improvisar sí... formar
parte de la orquesta, también... pero tener que interpretar lo compuesto por
otros músicos reconozco que se me hace difícil, puesto que la combinación de
mis sonidos vitales es absolutamente personal. Aunque a veces desafinada, mi
canción surge fuerte y desafía lo establecido y lo reglado. ¿Importa mucho ser
original al momento de sentir? Digamos que es consecuencia directa.
La cuestión es que para algunos estoy
completamente “crazy” en lo que respecta a mis fundamentos sociales. Para
otros, simplemente no existo. Y para los más atentos, me he transformado en una
“amenaza” a sus decretados abusos de poder.
En fin... soy así... Un “demente con
mente” o viceversa, depende del lado que se me mire. Si es de adentro, es más
fácil encontrarme. Porque “de afuera” causo la más diversa de las reacciones. Y
juro que no es intencional... simplemente me “interpretan” de las mil maneras
posibles y, por ende, le agregan a la figura que me representa la más variada
de las configuraciones: déspota, autoritario, chanta, brillante estratega, loco
de atar, charlatán, contradictorio, mesiánico, etc, etc.
¿Importa mucho cómo a uno lo ven los demás si es
prácticamente imposible e innecesario intentar cambiarles la visión, porque,
precisamente, forma parte de su fuero íntimo y más respetable? Pérdida absurda
de tiempo al momento de tener que ser uno mismo.
Yo soy yo,
según yo...
Considerando el hecho de
ser yo mismo el que escribe esto tal vez pueda leerlo imparcialmente.
Sucede que no me gusta prejuzgar lo que me digo a mi mismo, puesto que muchas
veces... ¡qué digo!...¡¡muchísimas veces..!! me he encontrado hablando de mí
sin creer lo que estaba oyendo.
Pero bueno... uno propone y, a veces, se
predispone.
Hace ya un tiempo que me conozco y puedo
decir que me llevo relativamente bien conmigo. A veces tengo algunos
“encontronazos”... más que nada en esas ocasiones en las que hago algo sin
avisarme previamente. Me parece una absoluta falta de respeto conmigo mismo. Es
más. Pienso que es una actitud que debería cambiar para evitarme problemas.
Pero me lo digo continuamente... y nunca me escucho con la suficiente claridad
como para cumplir con lo pactado. Evidentemente, soy mi peor enemigo.
Pero... no quiero aburrirlos con mis
defectos. Y vaya que los tengo. No. Hoy quiero que me conozcan. Que sepan quién
soy y porqué soy.
Mi historia comienza como la de cualquier
pequeño: siendo niño. Recuerdo como si fuera hoy cuántas veces me escondía los
juguetes para después volverme loco buscándolos. Nunca supe bien si me lo hacía
a propósito o sin darme cuenta. Lo cierto es que los juguetes desaparecían por
arte de magia. Pero no me quedaba con las ganas. Ipso facto, iba a contarle a
mamá que mis juguetes no estaban en su lugar habitual y que yo mismo los había
escondido quién sabe dónde. Recuerdo la cara de mamá. Me miraba como sin comprender. Es que era tan simple. Yo ya
empezaba a hacerme la vida imposible... y nadie me creía...salvo yo mismo,
claro.
Como verán, mi infancia conmigo mismo ya
preanunciaba mis conflictos futuros. Era más que evidente que existía algún
tipo de odio o bronca contenida... yo
más bien diría envidia. Es que yo siempre fui más inteligente de lo que yo
mismo pensaba. Mis notas en el colegio sobresalían acumulando dieces... ¡y qué bronca me daba ver mi boletín! Un día
me traté de “traga”...¡¡Boomm!! estalló la bomba... ¡casi me mato a palos! Nunca supe si me
separé por voluntad propia o algo me dijo muy íntimamente que no debía hacerme caso cuando me decía las cosas.
Pasó una vez...
Pasó otra vez...
Pasaron varias veces... y comprendí que
no me estaba entendiendo conmigo mismo.
Estaba complicando mi relación incesantemente, y eso realmente me
enervaba.
Un día, cansado de darme y darme, decidí
hablar conmigo. ¿Y cuál fue mi actitud? No me di ni cinco de bola.
Eso fue la gota que derramó el vaso. Una
cosa era hacerme la vida imposible...¡¡Pero ignorarme!!... eso sí que no iba a
permitírmelo. Y me mandé a la mierda.
Estuve como una semana sin hablarme. Por
más que quisiera reconciliarme conmigo mismo, no me iba a dar la oportunidad,
¡¡qué tanto!!
Pero la paciencia tiene sus límites. Un
día, viéndome al espejo, comprendí que si prolongaba esta actitud iba a
alejarme innecesariamente y peligrosamente de mí. Y me llamé a la reflexión.
Menos mal que ese día estaba dispuesto a escucharme, y lo hice. La
reconciliación fue gratificante. Es más. Me invité a tomar un café. Pero yo no
tomaba café, así que acepté un té. Estuve un buen rato cavilando qué decirme,
pero no me salía nada. El té humeaba como mi mente, que febrilmente intentaba
encontrar las palabras para llegar a mí mismo. No fue fácil, pero me tuve
paciencia. Al cabo de una hora el té ya estaba frío. No pude tomarlo.
Comprender que mi actitud era errónea fue traumático, pero lógico.
Tenerme más paciencia era el objetivo,
así que decidí darme una tregua. Y
empecé a escucharme sin recelos ni preconceptos. Me costaba, pero convivir
conmigo era el objetivo, y lo cumplí.
Lo cumplí hasta hoy...
Pero esa es otra historia.
Estar
en la mira...
Estar al filo de la navaja puede
significar algún que otro corte.
La voluntad de hacer es vehículo de todo
tipo de consecuencias, algunas indeseables... pero, en fín, si uno intenta
sembrar Justicia, es probable que alguien se sienta no del todo satisfecho con
los resultados.
Hoy me encuentro en la mira del
“molestado” por mis actitudes. Mi vida, según él, está en sus manos. Y yo
espero... espero estar solamente frente a una reacción irracional del miedo...
Y espero también no ser vencido por mi propio miedo.
Lo único que le pido a la razón es un
espacio pequeño, pero tal vez decisorio.
Hoy soy el ciervo que se atrevió a subir
a lo alto del monte y se ha puesto a la vista de los cazadores. Ojalá el futuro
me tenga como testigo...
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