lunes, 19 de septiembre de 2011

SOY LO QUE DOY.


De cuando la fidelidad a la vida te acerca a la muerte.

SOY LO QUE DOY.
Por Julio Archet.

Después de cuarenta y nueve años de vida y más de un chichón, no debería llamar mi atención ser blanco de algún molesto por mi proceder. Es que mis actitudes se encuadran dentro del espectro visible de la VERDAD y no puedo evitar luchar por ella. Y si la consecuencia es el riesgo, lo prefiero a la comodidad de lo establecido, porque no soporto ser oveja en el corral de los ineptos. Por este medio agradezco a quien quiere matarme por recordarme quién soy.

La eterna lucha entre el bien y el mal... ¿De qué lado se debe estar? Respuesta sencilla para quien fue educado en la Paz y el trabajo diario honrado como único mecanismo de subsistencia para sí mismo y los suyos.
¿Es indispensable llevar una existencia tibia y despreocupada o, como hicieron todos aquellos que han intentado empujar el carro del progreso, nos “jugamos” a ir un poco más allá y nos comprometemos con proyectos, ideales y el más infinito de los etcéteras?
El que escribe esto ha llevado una existencia plagada de intentos de cambio. Algunos vieron la luz. Otros, tan siquiera quedaron en el tintero de las ideas. Pero de lo que no me arrepentiré jamás es de haber intentado avanzar en el camino de mis instintos.
El tobogán de la incertidumbre me vió muchas veces caer a velocidad de tiempo... pero ese vértigo no amedrentó mi espíritu. Siempre intenté ser fiel a mi visión de la vida. Equivocada o no, es MI VISIÓN.

Mente demente.
¿Que significa estar loco en este mundo de cuerdos que se están autodeterminando un futuro negro y con escasas esperanzas? En lo personal, prefiero la libertad de la locura a la cárcel de la cordura. Porque lo establecido no forma parte de mi partitura. Mi música suena libre de ataduras y corre al ritmo de los tiempos. Improvisar sí... formar parte de la orquesta, también... pero tener que interpretar lo compuesto por otros músicos reconozco que se me hace difícil, puesto que la combinación de mis sonidos vitales es absolutamente personal. Aunque a veces desafinada, mi canción surge fuerte y desafía lo establecido y lo reglado. ¿Importa mucho ser original al momento de sentir? Digamos que es consecuencia directa.
La cuestión es que para algunos estoy completamente “crazy” en lo que respecta a mis fundamentos sociales. Para otros, simplemente no existo. Y para los más atentos, me he transformado en una “amenaza” a sus decretados abusos de poder.
En fin... soy así... Un “demente con mente” o viceversa, depende del lado que se me mire. Si es de adentro, es más fácil encontrarme. Porque “de afuera” causo la más diversa de las reacciones. Y juro que no es intencional... simplemente me “interpretan” de las mil maneras posibles y, por ende, le agregan a la figura que me representa la más variada de las configuraciones: déspota, autoritario, chanta, brillante estratega, loco de atar, charlatán, contradictorio, mesiánico, etc, etc.
¿Importa mucho cómo a uno lo ven los demás si es prácticamente imposible e innecesario intentar cambiarles la visión, porque, precisamente, forma parte de su fuero íntimo y más respetable? Pérdida absurda de tiempo al momento de tener que ser uno mismo.

Yo soy yo, según yo...
Considerando  el hecho de  ser yo mismo el que escribe esto tal vez pueda leerlo imparcialmente. Sucede que no me gusta prejuzgar lo que me digo a mi mismo, puesto que muchas veces... ¡qué digo!...¡¡muchísimas veces..!! me he encontrado hablando de mí sin creer lo que estaba oyendo.
Pero bueno... uno propone y, a veces, se predispone.
Hace ya un tiempo que me conozco y puedo decir que me llevo relativamente bien conmigo. A veces tengo algunos “encontronazos”... más que nada en esas ocasiones en las que hago algo sin avisarme previamente. Me parece una absoluta falta de respeto conmigo mismo. Es más. Pienso que es una actitud que debería cambiar para evitarme problemas. Pero me lo digo continuamente... y nunca me escucho con la suficiente claridad como para cumplir con lo pactado. Evidentemente, soy mi peor enemigo.
Pero... no quiero aburrirlos con mis defectos. Y vaya que los tengo. No. Hoy quiero que me conozcan. Que sepan quién soy y porqué soy.
Mi historia comienza como la de cualquier pequeño: siendo niño. Recuerdo como si fuera hoy cuántas veces me escondía los juguetes para después volverme loco buscándolos. Nunca supe bien si me lo hacía a propósito o sin darme cuenta. Lo cierto es que los juguetes desaparecían por arte de magia. Pero no me quedaba con las ganas. Ipso facto, iba a contarle a mamá que mis juguetes no estaban en su lugar habitual y que yo mismo los había escondido quién sabe dónde. Recuerdo la cara de mamá. Me miraba como sin  comprender. Es que era tan simple. Yo ya empezaba a hacerme la vida imposible... y nadie me creía...salvo yo mismo, claro.
Como verán, mi infancia conmigo mismo ya preanunciaba mis conflictos futuros. Era más que evidente que existía algún tipo de odio o bronca contenida...  yo más bien diría envidia. Es que yo siempre fui más inteligente de lo que yo mismo pensaba. Mis notas en el colegio sobresalían acumulando dieces...  ¡y qué bronca me daba ver mi boletín! Un día me traté de “traga”...¡¡Boomm!! estalló la bomba...  ¡casi me mato a palos! Nunca supe si me separé por voluntad propia o algo me dijo muy íntimamente que no  debía hacerme caso cuando me decía las cosas.
Pasó una vez...
Pasó otra vez...
Pasaron varias veces... y comprendí que no me estaba entendiendo conmigo mismo.  Estaba complicando mi relación incesantemente, y eso realmente me enervaba.
Un día, cansado de darme y darme, decidí hablar conmigo. ¿Y cuál fue mi actitud? No me di ni cinco de bola.
Eso fue la gota que derramó el vaso. Una cosa era hacerme la vida imposible...¡¡Pero ignorarme!!... eso sí que no iba a permitírmelo. Y me mandé a la mierda.
Estuve como una semana sin hablarme. Por más que quisiera reconciliarme conmigo mismo, no me iba a dar la oportunidad, ¡¡qué tanto!!
Pero la paciencia tiene sus límites. Un día, viéndome al espejo, comprendí que si prolongaba esta actitud iba a alejarme innecesariamente y peligrosamente de mí. Y me llamé a la reflexión. Menos mal que ese día estaba dispuesto a escucharme, y lo hice. La reconciliación fue gratificante. Es más. Me invité a tomar un café. Pero yo no tomaba café, así que acepté un té. Estuve un buen rato cavilando qué decirme, pero no me salía nada. El té humeaba como mi mente, que febrilmente intentaba encontrar las palabras para llegar a mí mismo. No fue fácil, pero me tuve paciencia. Al cabo de una hora el té ya estaba frío. No pude tomarlo. Comprender que mi actitud era errónea fue traumático, pero lógico.
Tenerme más paciencia era el objetivo, así que decidí darme una  tregua. Y empecé a escucharme sin recelos ni preconceptos. Me costaba, pero convivir conmigo era el objetivo, y lo cumplí.
Lo cumplí hasta hoy...
Pero esa es otra historia.

Estar en la mira...
Estar al filo de la navaja puede significar algún que otro corte.
La voluntad de hacer es vehículo de todo tipo de consecuencias, algunas indeseables... pero, en fín, si uno intenta sembrar Justicia, es probable que alguien se sienta no del todo satisfecho con los resultados.
Hoy me encuentro en la mira del “molestado” por mis actitudes. Mi vida, según él, está en sus manos. Y yo espero... espero estar solamente frente a una reacción irracional del miedo... Y espero también no ser vencido por mi propio miedo.
Lo único que le pido a la razón es un espacio pequeño, pero tal vez decisorio.
Hoy soy el ciervo que se atrevió a subir a lo alto del monte y se ha puesto a la vista de los cazadores. Ojalá el futuro me tenga como testigo...

                                                                                                                                                                

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